Pasajeros del crucero "Costa Deliziosa"

AFP

A principios de enero, Carlos Paya embarcaba para cumplir su "gran ilusión": un crucero alrededor del mundo. Más de cien días después, este lunes tocó tierra por primera vez en cinco semanas, topándose con un mundo azotado por el coronavirus.

"Seguíamos la situación por la televisión, en las noticias, pero el impacto al llegar es tremendo. Salir con mascarilla, con guantes... No te acabas de hacer a la idea de lo que es esto, en unos días nos adaptaremos pero es un shock", explica por teléfono este turista de 58 años.

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Su viaje terminó este lunes de madrugada en Barcelona. Allí, el crucero "Costa Deliziosa" pudo desembarcar parte de su pasaje tras una larga navegación desde las antípodas, Australia, donde el cierre de fronteras por la pandemia ya hizo imposible continuar el viaje.

Unas horas después llegaba en tren a su casa en Valencia, 350 km al sur, relata: "Se me ha caído el alma al suelo cuando he pisado Valencia, todo vacío, sin gente, sin coches... En parte estaba precioso, pero al verla así se te cae el alma al suelo".

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Para este periodista deportivo, este crucero con su mujer era "una gran ilusión". Habían soñado con navegar alrededor del mundo desde hace años y decidieron hacerlo cuando a él le diagnosticaron una enfermedad degenerativa que, en unos años, puede impedirle un viaje de estas características.

Embarcaron el 5 de enero en Venecia, en el norte de Italia, cuando todavía se desconocía el virus que iba a azotar primero a China y después a todo el mundo.

"Atisbamos el problema nada más salir de Bora Bora (unas paradisíacas islas en la Polinesia Francesa, en el Pacífico)", explica Carlos. "Estábamos en un paraíso y vemos que el mundo empieza a convertirse en un infierno", añade.

Las escalas previstas en Asia quedaron suspendidas y se sustituyeron por una navegación por el sur de Australia. Pero las fronteras de ese país finalmente también cerraron y el barco no tuvo otra opción que poner rumbo a Europa, haciendo simplemente escalas técnicas por el camino.

"Los dos primeros dos tercios de crucero fueron maravillosos y un tercio de crucero que ha sido tan rocambolesco e histórico que creo que en la vida viviré algo igual", señala este turista, que alaba repetidamente la labor y la entrega de la tripulación.

En el lujoso crucero de doce pisos, con 1.800 pasajeros y 900 miembros de la tripulación y sin ningún caso de coronavirus a bordo, la sensación de Carlos Paya es haber vivido "en una arca de Noé, un mundo aparte".

"Nosotros no nos podemos quejar. Estábamos en un sitio donde hemos podido interactuar, comer juntos, ir al teatro, cosas que en ningún sitio se pueden hacer", explica este pasajero, que incluso celebró a bordo su 59º cumpleaños.

Aun así, no eran inmunes a lo que sucedía fuera de los 300 metros de eslora del crucero. Un grueso importante del pasaje eran italianos y españoles, dos de los países más castigados, por lo que "la tragedia tenía un doble impacto dentro".

Aunque algunos pasajeros querían quedarse a bordo, donde no había peligro de contagio y las restricciones eran menos duras, Carlos y su mujer agradecieron volver a casa para pasar "el mal trago con su hijo de 21 años".

Pero antes de volver al nuevo mundo, "me he despedido del comandante con un abrazo muy fuerte, que allí todavía podíamos hacer esto", bromea.

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