Los expertos lo han dicho una y otra vez: esta singular estación lluviosa que estamos viviendo debido al cambio climático, el Fenómeno de El Niño y quién sabe qué más, durará sólo hasta octubre. A partir de entonces no lloverá más hasta abril del siguiente año. Es decir, nos espera un largo verano y no estoy segura de que nos estemos preparando para lo que se avecina.
Pero lo primero es lo primero. Lo que toca estos días es lidiar con las consecuencias de los fuertes aguaceros en una ciudad construida sobre la arbitrariedad, la codicia, la soberbia, la desidia y, por supuesto, la ignorancia.
" El manglar no está en mi vocabulario ", dijo sin vergüenza una dirigente del gremio de la construcción en una actividad a la que fue convocada para discutir los graves problemas que enfrenta la ciudad.
" Para qué conservar parques y áreas verdes, si la gente prefiere ir a los centros comerciales ", afirmó impávido un popular arquitecto local, a los vecinos que protestaban porque su “ creatividad ” no le daba para dejar algún espacio entre su última obra y la acera o el parque vecino.
Son sólo dos ejemplos, pero la lista de perlas de similar valor es infinita en este país con instituciones débiles o con las mismas secuestradas por la ineficacia burocrática o los intereses. Y es que, como le escuché decir al gran arquitecto Frank Gehry cuando aún no se decidía a diseñar una obra en Panamá, aquí han faltado “ clientes iluminados ” (enlightened clients), en referencia a lo que le piden a los arquitectos, los promotores y dueños de proyectos.
Y lo que piden es, por ejemplo, aplanar completamente el terreno, para que quepan todas las casas posibles, llevándose de paso todo rastro de naturaleza; o diseñar aplicando el juega vivo a su máxima expresión, obteniendo el aumento de densidades, bonos y cuanta fórmula ideada con la complicidad de los funcionarios de turno, para sacarle todo el jugo posible a su inversión; o que se ignoren ríos, humedales y lo que haga falta; o diseñar sin tener en cuenta el clima “ porque para eso está el aire acondicionado ”.
Ahora, finalmente, los temores y predicciones de los urbanistas, ambientalistas y vecinos preocupados se han hecho realidad. El agua cayó con furor y desbordó los abusados cauces de los ríos, arrasando todo a su paso. Una naturaleza maltratada pasó factura, así de simple.
Hace algunos años fui invitada a un inolvidable almuerzo en un sitio sorprendente. La casa, casi una finca, era cobijada por la sombra de grandes árboles, algunos de ellos frutales, así como por toda clase de plantas. Era un verdadero oasis en el medio de la ciudad.
Comimos en la fresca terraza mirando al vecino manglar y al mar un poco más lejos. Estaba realmente sorprendida de la existencia de este inesperado paraíso que, paradójicamente, nada tenía de ostentoso. Era el hogar de Ervin Himmelfarb y su amada Katherine Metlinger, dos seres humanos extraordinarios que escogieron a esta tierra como su patria hasta su muerte.
Desafortunadamente, la casa fue vendida por sus familiares que no viven en Panamá. Y tras la venta, algo horrible ocurre en ese hermoso recodo de San Francisco, junto a la iglesia.
Con la soberbia y desprecio al barrio que la cobija y a los seres humanos que allí viven, avanza otra horrible mole de concreto que amenaza con devorarlo todo.
Los vecinos se han organizado y están dando la batalla, al descubrir, que el estudio de impacto ambiental fue aprobado en momentos en que Silvano Vergara era administrador de la desaparecida Autoridad Nacional del Ambiente, con información falsa y, muy seguramente, montones de influencia.
Luchan contra varios Goliat: el que aparece en forma de funcionario municipal obtuso, que asegura que no puede hacer nada; o como magistrados de la Corte Suprema que tienen en sus manos detener la obra; o como promotores que cacarean una y otra vez aquello de la “seguridad jurídica”, pero solo para ellos. Luchan también por defender el manglar que rodea el terreno y del que se quieren apropiar.
Veo lo que sucede y pienso en Irvin y Katherine. Los imagino molestos, acompañando a los vecinos en su protesta. Estarían indignados porque ellos sí eran seres iluminados.




