A casi todo el mundo le gusta viajar, pero cada uno lo hace por motivos distintos. Hay quien viaja buscando comodidades, otros buscan experiencias exóticas o retos personales… pero también hay los que huyen de una realidad personal dolorosa. Con Proyecto África y ahora Proyecto India me he convertido en parte de esa minoría de personas que viajan a lugares exóticos, eso sí, sin comodidades ni tiempo para disfrutar de la experiencia. Producir, esa es la finalidad del viaje. Seguir moviéndote sin mirar atrás. Avanzar con objetivos claros: qué grabar, qué fotografiar. Por suerte, hay momentos que la monotonía y la rutina te dan un respiro. Son las veces que las Odiseas y los William Wallace de la vida aparecen para enseñarte a apreciar la experiencia.
Si hoy en día hay algo parecido a las parcas romanas o moiras griegas, las hilanderas del destino, estoy convencida que el día que fuimos de BodhGaya a Varanasi dejaron nuestros hilos a merced de Homero.
A diferencia de Ulises, nosotros no teníamos una Penélope esperándonos en Varanasi, pero allí teníamos que ir. Somos cautivos del tiempo y nuestra estancia en Bodhgaya, la ciudad donde Buddha se iluminó, había concluido. Teníamos que mirar hacia nuestro nuevo objetivo: grabar en la ciudad más sagrada del hinduismo. Pero el camino a Varanasi no fue fácil.
La distancia que debíamos recorrer no era exagerada, tan sólo 300 km, con cualquier bus eso debía tomarnos un máximo de 4 horas, pero antes de subirnos ya nos avisaron: son 8 horas. Mientras esperábamos el bus entre lodo y barraquitas donde servían café, el miedo nos acechó. ¿8 horas? ¿Será que iremos en un bus local hasta Varanasi? Así fue. No tenía mucho sentido llamar eso bus local o bus de línea, de hecho íbamos de un estado a otro, pero las condiciones en las que viajábamos hacían que la denominación de bus local fuera la más idónea. El bus paraba cuando se le pedía o cuando había un posible pasajero, es decir, cada 5 minutos. Cuánta gente podía subir sólo dependía de la capacidad de los usuarios en apretujarse, ya sea dentro el bus o en el techo de éste. Si el bus no paraba el aire que entraba por las ventanas hacia que el olor a humanidad y el calor fuera soportable. Sin embargo, en el momento en que la velocidad se reducía o el autobús paraba, la sauna entraba en funcionamiento. La cuenta atrás empezó tan pronto entendimos que nada podíamos hacer. Música, libros y el paisaje se convirtieron en nuestros placebos para el mal trago. Poco nos esperábamos que la verdadera odisea estaba por llegar.
Como una tormenta enviada por Poseidón, el monzón llegó para truncar nuestra cuenta atrás. Aún no sabemos si fue miedo a la tormenta o si el autobús se dañó. El hecho es que a tan sólo 20 km de nuestro destino el conductor paró motor y dijo: hasta aquí hemos llegado. Como cuando un barco se hunde, después de los primeros instantes de confusión llegó la histeria por ser los primero en ser evacuados.
Los autorickshaws empezaron a llegar con cuentagotas y los indios ya estaban preparados para saltar a la carretera. Sin experiencia previa, tuvimos que idear nuestro propio plan. Decidimos hacer tapón en la puerta del bus para ser los siguientes en saltar a la carretera a la caza del auto. Escrutando el horizonte sin parar vimos a nuestra presa y la abordamos sin contemplaciones. La alegría, sin embargo, duró poco. Cargamos nuestras maletas, cogimos posiciones, pero el auto nunca arrancó. Allí se quedó. Y nosotros, bajo la lluvia y el griterío nos quedamos a dos velas.
Otro tres ruedas llegó y esta vez sí. Nos subimos y la máquina no nos traicionó, aunque tardó en arrancar… Chalo, chalo, -vamos, vamos- decía al conductor. No entendía por qué no arrancábamos, aunque era sencillo. Economizar gastos. Tenían que conseguir meter tantas personas (y sus maletas) como fuera posible. Al más puro estilo piedra-papel-tijera, los elegidos se montaron apretujados y casi sin respirar en el auto; y por fin, ahora sí que sí, salimos camino a Varanasi.
Y eso hicimos, camino, pero no destino. Otra vez: hasta aquí hemos llegado. Parecía un déja-vu… pero en esas apareció quien sería nuestro William Wallace, o en una versión más homérica Atenea nos guiñaba el ojo. De entre todos los autos que había en el área, fue un chiquillo quién decidió llevarnos a Chowk Road, cerca de nuestra Guest House. Me arrepiento de no haberle preguntado el nombre, pero lo que no faltó fue una gran sonrisa de agradecimiento. La lluvia había dejado estragos. Algunas calles eran impracticables, el agua entraba en el auto y no había forma de avanzar sobre seguro. Al intentar pasar por una de esas calles inundadas, nuestro héroe se llevó un puñetazo de un desconocido. No me pregunten por qué le pegaron, no lo sé. Él no rechistó. Simplemente bajó del auto y se empapó al empujar el auto marcha atrás. Para colmo, buscando una ruta practicable se quedó sin gasolina y decidió empujar el vehículo hasta la gasolinera más cercana. Y otra vez, sin rechistar. No quería ni que lo ayudáramos, ni que nos bajáramos del vehículo –aunque lo hicimos-. Definitivamente, andar detrás de un auto es de las cosas más surrealistas que he hecho en la India. Supongo que para los centenares de indios que nos vieron, les pareció la cosa más absurda del mundo. ¿Por qué no se montan en otro? Ni se me pasó por la cabeza. Ver la sencillez, esfuerzo y dedicación de ese chiquillo para terminar lo que empezó, me hizo olvidar mi propia odisea, mis preocupaciones y estreses. Ahí estaba yo, andando detrás de un autorickshaw como si fuera la cosa más normal del mundo. Tan normal como disfrutar de mi trabajo, estar en la India y poder contarlo.
FUENTE: Lídia Pedro




