ISRAEL Internacionales -  21 de abril 2014 - 11:51hs

Iqrit, la aldea árabe-israelí que espera justicia desde hace 66 años

Seis meses después de la declaración de independencia de Israel, unidades de su Ejército entraron en la aldea greco-católica de Iqrit, en Galilea, y trasladaron a su población, que hoy solo puede regresar para celebrar una misa como la de Pascua.

Ubicada a pocos kilómetros de la frontera con el Líbano, el Ejército entró en Iqrit el 31 de octubre de 1948 y unos días después, aduciendo razones de seguridad, ordenó el traslado de su población, unos 500 árabes-israelíes que fueron realojados cerca con la promesa de que podrían regresar en dos semanas.

Sesenta y seis años después, ninguno de ellos ha podido retornar a esta aldea fantasma, pasto de la maleza, pese a que en 1951 el Tribunal Supremo israelí reconoció su derecho y a que, en 1993, el Gobierno de Isaac Rabin dictaminara que no existe razón alguna para perpetuar el desplazamiento forzoso.

"Somos refugiados, refugiados internos, aunque nuestro caso es especial", explica a Efe Nemi Ashkar, presidente de la Comunidad de Iqrit, que hoy, lunes de Pascua, ha venido a sus ruinas para participar en una de los dos únicas actividades aún permitidas: celebrar misa.

Hijo de desplazados en 1948, Ashkar vive en otra aldea a unas decenas de kilómetros del lugar en el que su familia arraigó, posee pasaporte israelí y puede moverse libremente, pero tiene prohibido reconstruir los cimientos de la casa familiar, sepultados por la hierba en una escarpada colina que mira hacia los montes del Líbano.

"Solo hay una ley en Israel que es racista: la del derecho al retorno. Los judíos pueden volver a la tierra sin restricciones, desde donde quieran, el resto no", subraya en medio de una pradera donde apenas se perciben ruinas.

Iqrit fue arrasada por el Ejército israelí la Navidad de 1951, en una acción de la que el Ejecutivo entonces dirigido por David Ben Gurion se desligó.

Solo el cementerio, en el que se sigue enterrando a los muertos de la comunidad, y la iglesia, en la que se celebra una misa al mes, siguen en pie.

Hannan Naser, enfermero en un hospital de Haifa, es uno de los pocos que recuerdan cómo era aquella aldea, de la que solo queda una borrosa fotografía tomada desde el camposanto por un turista, en 1934.

Tenía 84 casas, un centro de salud, un consistorio y una escuela a la que Naser acudía.

"Yo jugaba con mis amigos en estos campos. Guardo una fotografía que me tomaron con ellos", explica a Efe Naser, que tenía 10 años el día en que los soldados lo subieron a un camión junto a su familia.

Asegura que, como otros, ha recibido numerosas ofertas israelíes para comprarle la tierra, varias muy jugosas, pero que nunca le ha tentado algo que considera una traición.

"Mi padre murió aquí... Fíjese en lo que le digo, ni aunque me ofrecieran 10.000 dólares lo haría. Esta es mi casa, esta es mi tierra, estas son mis raíces", grita emocionado.

Una determinación que comparte Walla, un universitario de 27 años que se ha unido a un grupo que trata de resucitar la aldea recurriendo a la resistencia pacífica en la sacristía.

Los jóvenes han logrado instalar paneles solares y también retretes y que algo de agua llegue para el uso del sacerdote, que una vez al mes abre la iglesia para dar misa. Además, duermen allí todas las semanas por turnos.

"No tenemos lo que llamaríamos condiciones normales, pero tenemos una ventaja: vivimos de una forma más natural, tratando de unir pasado y futuro", explica a Efe.

"Debemos confiar más en el poder de la gente que en los procesos políticos o judiciales", agrega en un discurso que mezcla activismo antiocupación con la filosofía de los nuevos "hippies" de Israel, que promueven la vuelta al campo.

Ashkar admite que, como ocurrió en la década de 1970, cuando un movimiento similar fue expulsado de la sacristía, a menudo se producen conflictos con el Ejército israelí.

Pero, pese a que los soldados entran, destruyen lo que los jóvenes han levantado y se marchan, Ashkar se siente optimista.

"En días como hoy, no nos pueden echar. Tenemos nuestro estatus quo y esa es una prueba más de que este lugar nos pertenece y de que es solo cuestión de tiempo que podamos volver", concluye.