Atardecer en La Habana. Foto/AFP

Lina Vega

Cumpliendo una de las metas de mi lista de pendientes, visité Cuba en 2008. Me apetecía mucho conocer la isla de Silvio y Pablo, disfrutar de su maravillosa música, conversar con los cubanos, visitar los hitos históricos y recorrer las calles de La Habana Vieja, esa que todos contaban que florecía en manos de Eusebio Leal, el sempiterno Historiador de La Habana.

La visita escondía, además, una hermosa sorpresa que me conmovió de forma especial. Llevaba un encargo que debía entregar a una pareja que vivía en El Vedado, y mientras el taxista ubicaba el lugar exacto de mi destino, yo miraba por la ventana asombrada, pensando que se trataba de un lugar conocido, amado.

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El Vedado, como tantas otras cosas en la Cuba de la revolución, se detuvo en el tiempo. Sus arboladas calles, casas y pequeños edificios de hermosa arquitectura alborotaron mis nostalgias, al recordarme el una vez hermoso barrio de Bella Vista, aquí en Panamá, hoy arrasado por la especulación y el mal gusto. Me quedé prendada y pensé entonces, con evidente romanticismo, que Bella Vista quedaba en La Habana.

Todo esto viene a cuento estos días en que Fidel Castro, el eterno Fidel, ya no está, para dolor de unos y alegría de otros.

“Pronto seré ya como todos los demás…”, dijo Fidel en abril pasado, al dar su último discurso en la clausura del Congreso del Partido Comunista. Debe haberle costado mucho decir algo así, después de haber actuado como si fuera único, irremplazable, infalible, todopoderoso.

Fidel Castro, el joven aguerrido que dirigió el triunfal y mítico alzamiento guerrillero que acabó con la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista en 1959, llegó al poder y allí se quedó por 50 años, contra viento y marea, a sangre y fuego. Solo la enfermedad y los años lo apartaron del control de una revolución -su revolución - que hizo sin contemplaciones; enfocado en educación y salud, mientras aplastaba a todo el que osaba cuestionar, disentir, pensar. Al enfrentarse con vigor al imperio, se convirtió en héroe; al violar los derechos humanos, se volvió villano.

El líder y modelo de todos los revolucionarios que en el mundo hay, se fue en momentos en que la izquierda latinoamericana pasa por momentos penosos. Y para muestra los botones de Nicolás Maduro y Daniel Ortega. Dos personajes que representan todo lo contrario a la grandeza, el heroísmo, la justicia, la dignidad.

Hace justo un año, una avalancha de cubanos llegaba a Panamá en su camino a Estados Unidos. Intentaban alcanzar el sueño americano, antes de que la puerta se cerrara como resultado de los cambios prometidos desde que Barak Obama y Raúl Castro se dieran la mano en la Cumbre de Panamá.

Los cubanos llegaron a Puerto Obaldía atravesando selvas y enfrentando toda clase de peligros. Preferían morir en el camino que seguir en Cuba; la Cuba de Fidel y su revolución. Triste final de un sueño que prometió un mundo mejor.

No hay duda de que la historia del siglo XX latinoamericano no puede narrarse sin Fidel Castro. Y sin importar el juicio de la historia, lo cierto es que él ya es historia.

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