Alemania, 1989. Bajo una fuerte nevada, una muchedumbre emocionada penetra en una brecha abierta en un muro para dirigirse al encuentro de seres queridos de los que vivían separados desde hacía 37 años. Foto/AFP

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Alemania, 1989. Bajo una fuerte nevada, una muchedumbre emocionada penetra en una brecha abierta en un muro para dirigirse al encuentro de seres queridos de los que vivían separados desde hacía 37 años.

Esta escena no tuvo lugar en Berlín, símbolo de la separación entre ambas Alemanias en tiempos de la Guerra Fría, sino en una aldea tranquila ubicada en la falda de una colina al sur del país: Mödlareuth.

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El 9 de diciembre, hace 25 años, un mes exacto después de la caída del muro que partía en dos a la actual capital alemana, otra frontera de hormigón caía a su vez en esta aldea rural con apenas 50 almas, a caballo entre Turingia y Baviera.

Mödlareuth ya era desde el siglo XIX un caso extraño: una sola comunidad, compartiendo una escuela, un cuartelillo de bomberos, un albergue, y celebrando todos juntos las fiestas locales, pero dependiendo administrativamente de dos estados regionales distintos, con diferentes códigos postales y prefijos telefónicos. Inclusive, la manera de saludar variaba de un lado y otro.

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En 1949, el límite geográfico era un arroyo que pasaba por el medio de la población y que se transformó en frontera divisoria entre la República Federal de Alemania (RFA) y la República Democrática de Alemania (RDA, comunista).

En los primeros años, los habitantes de ambos lados estaban autorizados a circular por las dos márgenes del arroyo. Pero en 1952, la RDA endureció el tono y levantó una empalizada de madera, reemplazada en 1966 por un muro de hormigón de 700 metros de largo y más de 3 metros de altura, que se revelaba prácticamente infranqueable, y estaba vigilado por guardias ubicados en miradores, día y noche.

De un lado y otro se extendían además las alambradas de púas de la frontera interalemana, menos espectaculares pero también difíciles de franquear.

Algunas familias fueron expropiadas y muchas, desgarradas.

"De un día para el otro, los niños de la parte bávara ya no podían asistir a la escuela, ubicada del lado turingio, los agricultores no podían acceder a sus campos, la comunidad fue fracturada", destaca Robert Lebegern, director del museo germano-alemán fundado en Mödlareuth en 1990.

"Al principio, saludábamos a la gente del otro lado del muro, pero ellos no respondían. Luego nos enteramos de que tenían prohibido hacernos señas", recuerda Karin Mergner, agricultora que se instaló en Mödlareuth en 1966 siguiendo a su marido. Su explotación, en el lado oeste, linda con una porción de unos 100 metros de muro que es conservada por el museo, un vestigio de la época que cada año recibe a unos 70.000 visitantes.

Esta cicatriz en el paisaje, materialización de la Cortina de Hierro entre el bloque occidental y el soviético, se mantuvo intacta en Mödlareuth hasta el 9 de diciembre de 1989 y le valdría a la aldea el apodo de "Little Berlin" (Pequeña Berlín).

A pesar de la prohibición a los ciudadanos de la RDA para viajar a la RFA, salvo para los jubilados y personas que contaran con un visado especial, los aldeanos intentaban mantener el contacto.

Trepando la colina podían avistarse. "Cuando en una cuerda de colgar ropa había prendas de bebé azules, eso significaba que había nacido un varón, y así la gente seguía lo que pasaba del otro lado", explica Arnold Friedrich, alcalde de la parte bávara (RFA) en los años ochenta y noventa.

Los ciudadanos del Oeste estaban autorizados, bajo ciertas condiciones, a pasar al Este de tanto en tanto, lo que hacía a veces Karin Mergner para llevarles a sus vecinos bananas y café, víveres escasos en la RDA.

Para pasar al otro lado de la aldea, a apenas unas decenas de metros de distancia, era necesario hacer un rodeo en auto que requería dos horas y soportar fastidiosos controles policiales.

"Nunca hubiera imaginado que vería el día en que cayera el muro", confía esta sexagenaria. Cuando veía en la televisión la apertura del Muro de Berlín, el 9 de noviembre, esperaba algo idéntico junto a su casa.

Pero fueron necesarias cuatro semanas para que el puesto fronterizo de Mödlareuth pusiera fin a décadas de impermeabilidad. "Todos nos abrazábamos y bebíamos vino espumoso juntos", recuerda la señora Mergner.

"Yo siempre decía que quería algún día poder ir a beber una cerveza del otro lado del muro", rememora el exalcalde con los ojos casi llorosos. "El 9 de diciembre de 1989, aquello fue una realidad. El sentimiento de comunidad que existía antes (de la construcción) del muro permanecía intacto, la gente se echaba en brazos de unos y otros, fue como si la aldea nunca hubiera sido dividida", subraya.

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