En 1960, dieciséis siglos después de que el emperador romano Teodosio aboliera los Juegos Olímpicos en nombre del cristianismo, el Papa Juan XXIII -ese papa bueno que tiene hoy un sucesor en el bueno de Francisco- recibió en audiencia especial a todas las delegaciones deportivas que llegaron a Roma, la ciudad que un día proscribió los juegos.
La simbólica cita fue un encuentro de reconciliación y perdón. Se trataba de sanar la herida abierta desde la aprobación del Edicto de Tesalónica del año 380 D.C., con el que Teodosio convirtió el cristianismo en la única religión del imperio romano, prohibiendo de paso toda manifestación pagana; entre ellas, los juegos olímpicos.
Por mil quinientos años estuvo sin encenderse la llama olímpica; esa que simbolizaba el fuego de los dioses del Olimpo bajo cuya protección se daban los juegos, y con la que iniciaba la tregua sagrada que suspendía toda confrontación entre los pueblos.
Y es que la importancia de la competencia, del deporte, del honor era tanta, que con los juegos cesaban todas las confrontaciones tan comunes entre las ciudades-estados griegas, para dar paso a la lucha deportiva, a la competencia por la perfección, cuyo premio era solo el honor y una corona de laurel.
"Olimpia es un lugar sagrado; quien se atreva a pisar este suelo con soldados armados, será considerado sacrílego", anunciaban los heraldos que recorrían los pueblos alrededor de Olimpia anunciando la proximidad de los juegos.
El armisticio protegía asimismo el viaje a Olimpia y el regreso a casa de atletas y peregrinos, por lo que se ampliaba un mes más allá del final de los juegos. Si alguien incumplía la tregua, aunque fuera golpeando a un ciudadano rival, la polis a la que pertenecía el infractor era echada con ignominia de los juegos y no se le dejaba participar más.
El peso de la intolerancia religiosa apagó esa llama y el espíritu sagrado de la tregua olímpica, hasta que un francés idealista y apasionado del deporte, el Barón Pier de Cubertein, logró entusiasmar a unos y otros, hasta la celebración de la primera Olimpiada de la era moderna, realizada en 1896 en Atenas.
A partir de allí, y solo con las interrupciones ocurridas durante las dos guerras mundiales, la llama, el espíritu y la tregua olímpica han continuado honrando la historia de la antigua Grecia y los valores que los juegos impulsaban.
Así, en aquel glorioso año 1960 de la reconciliación, los memorables e históricos escenarios de la antigua civilización romana se convirtieron en el telón de fondo de los juegos: las Termas de Caracalla vieron las proezas de la gimnasia; la lucha fue vista en la Basílica de Majencio, y Abebe Bikila aquel inolvidable atleta de Etiopía, corría descalzo la maratón por la Vía Apia rumbo al Arco de Constantino que lo vio triunfar.
La historia de las Olimpiadas está cargada de momentos estelares, como la cachetada que significó para Hitler durante los juegos de 1936 en Berlín, que Jesse Owens, un negro estadounidense ganara 3 medallas de oro, derrotando a los atletas alemanes y destruyendo la supuesta supremacía aria.
O la destacada participación de la Fanny Blankers-Koen en Londres 1948, una ama de casa convertida en atleta que ganó 4 medallas de oro, en unas olimpiadas donde las mujeres tuvieron un papel muy destacado porque los hombres habían muerto en la guerra o estaban heridos.
Inolvidable también fue ver a los atletas negros levantando el puño en señal de protesta por la discriminación, convirtiendo a las olimpiadas de México de 1968 en los juegos del “black power”, mientras los mejicanos lloraba a sus muertos caídos en la matanza de Tlatelolco.
O los terribles sucesos de Munich 1972, cuando se produjo la muerte de 11 deportistas iraelíes, como parte de ese terrible e interminable conflicto entre judíos y palestinos.
Río 2016, las olimpiadas de la crispación política y grave crisis económica de Brasil terminaron, dejando para la historia momento gloriosos como el récord obtenido por el nadador Michael Phelps, con sus 21 medallas de oro de un total de 28, e igualando a Leónidas de Rodas, el mejor atleta de la Grecia antigua; las 4 medallas de oro y una de bronce que ganó la gimnasta estadounidense Simone Biles en su primera Olimpiada, o a velocidad de infarto de Usain Bolt.
Ya se apagaron las luces, los atletas regresaron a sus países y la preparación para Tokio 2020 empezó. La llama olímpica se apagó, pero a diferencia de lo que sucedía en los juegos de la antigüedad, los atletas y peregrinos regresan a casa sin la protección del espíritu sagrado de la tregua olímpica. Un espíritu que habría que invocar para que esté siempre presente, protegiéndonos de nosotros mismos.
PD: En agosto de 2015 inicié la aventura de escribir un blog en la página web de Telemetro. Fuera de cámara tiene ya un año y soy la primera sorprendida. Gracias a todos los que por aquí han pasado. Muchas gracias.
FUENTE: Lina Vega




