Grey Díaz

Mi recorrido diario para documentar la ciudad en cuarentena y su aspecto visual me llevó a querer ser testigo ocular de cómo se vivía el confinamiento en los barrios, con los panameños de a pie, con aquellos llamados el pueblo.

Y fue así como me puse en contacto con una persona que desde el primer día de cobertura de cuarentena estuvo muy pendiente no solo por la naturaleza de su trabajo si no también por familiares allegados que están en la primera línea de batalla en el sector salud. Una subteniente de la Policía Nacional y, tengo que agregar, una mujer muy entregada a su trabajo en la comunidad. Ella coordinó una visita a la subestación de policía de El Chorrillo (la del Parque de los aburridos), donde por fin, luego de varios intercambios de chats, pude conocer a la subteniente Rodríguez, al cabo segundo Samaniego y al teniente Gómez, quien luego de comunicar a sus superiores de mi visita nos da el “go” para comenzar la ronda, sí, la ronda, y es que me fui con ellos como una unidad más.

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La mejor forma de conocer la realidad que vive el panameño es caminando los barrios, así como lo hacen las unidades de la Policía Nacional.

Me queda claro que la mejor forma de conocer la realidad que vive el panameño es caminando los barrios, no en carro, a pie y es que esa experiencia diaria de los uniformados les da un conocimiento claro de las situaciones que vive la comunidad, las buenas, las malas y las feas.

Mi recorrido diario para documentar la ciudad en cuarentena y su aspecto visual me llevó a querer ser testigo ocular de cómo se vivía el confinamiento en los barrios.

Fue así como comienza nuestro andar, comenzamos por los lados de Santa Ana. Soy testigo de la entrega de las unidades y lo complicado que puede ser su trabajo pero todo, como dicen ellos, sin novedad.

Ese día, en ese recorrido fui testigo de La Otra Cuarentena que se vive en Panamá.

Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue encontrarme una tienda de abarroterías de un panameño 100%, ya no es tan habitual. Ahora hay paisanos en casi todas, el dueño era  Ricardo, quien muy amablemente regaló unos refrescos a la ronda, por supuesto, yo incluido como uno más. Era una tienda pequeña, pero bien surtida. Eso sí, con las medidas de higiene que la situación amerita, ósea con lamina de plástico y todo.

Ricardo, quien muy amablemente regaló unos refrescos a la ronda, por supuesto, yo incluido como uno más. Era una tienda pequeña, pero bien surtida.

Seguimos avanzando y viendo casos, es así como llegamos donde Bolívar, quien vive junto a su esposa e hija de 8 años, la cual sufre de una extraña enfermedad que se llama síndrome de Edwards. La pequeña requiere de alimentación especial, como es de esperarse costosa, adicional a sus medicamentos. Bolívar solía dedicarse a la buhonería, pero como se imaginarán en cuarenta esto es imposible y su esposa no trabaja, así que la situación de necesidad es más que evidente.

Comenzamos el recorrido por Santa Ana. Soy testigo de la entrega de las unidades y lo complicado que puede ser su trabajo pero todo, como dicen ellos, sin novedad.

La realidad de la cuarentena se comenzaba a presentar en su forma más cruda frente a mi lente, comencé a fotografiar a Bolívar mientras trataba de explicarles a las unidades lo que estaba haciendo para tratar de mantenerse, sus angustias se asomaban todas en el rostro y la desesperación se le salía por los ojos mientras yo en silencio no hacía más que fotografiar y fotografiar.

Ese día, en ese recorrido fui testigo de La Otra Cuarentena que se vive en Panamá.

Más tarde ese día entendería la magnitud de esas imágenes y lo que provocaría en las personas, pero eso se los cuento después. Tras de salir de donde Bolívar, continuamos caminando viendo la realidad a la cara. Yo quiera presenciar esa cuarentena y la estaba viviendo, yo tomaba fotos de cuanto podía y me parecía interesante, además de ver a las unidades en acción sirviendo a la comunidad.

Luis Alberto, quien requiere una silla de ruedas para movilizarse, pero cuyo principal impedimento para avanzar realmente es la pobreza.

En ese andar llegamos donde Luis Alberto, quien requiere una silla de ruedas para movilizarse, pero cuyo principal impedimento para avanzar realmente es la pobreza. Un pequeño cuarto lo alberga, una televisión que no funciona y una oscuridad que se mezcla con un aroma a muchas cosas era lo que predominaba. Como todos los abandonados vive solo, sin poder cocinar una vecina le ayuda con eso hasta que alguien se apiade de él decía. Generalmente, las unidades de Policía siempre le ayudan con un plato de comida cuando se puede, salimos de allí con imágenes impactantes, ya la realidad de la cuarentena me gritaba en el rostro: “¿Querías realidad? ¡Toma!”

La Estancia, un albergue que acoge a familias que lo han perdido todo en incendios y otras catástrofes, en teoría de forma temporal, pero se ha convertido en su hogar permanente.

Casi al final del recorrido como cerrando con broche de oro nos introdujimos a La Estancia, un albergue que acoge a familias que lo han perdido todo en incendios y otras catástrofes, en teoría de forma temporal, pero se ha convertido en su hogar permanente y no parece tener una solución muy pronto que digamos.

La Estancia, un albergue que acoge a familias que lo han perdido todo en incendios y otras catástrofes, en teoría de forma temporal, pero se ha convertido en su hogar permanente.

Allí nos encontramos con la verdadera cuarentena del pueblo, de esa que no se puede pasar en casa, baños comunes, tienen que hacer sus necesidades en bolsas plásticas para luego tirarlas allí mismo en el edificio, poca ventilación, cuartos de espacio muy reducido y niños y más niños. Jóvenes embarazas, desesperación e incertidumbre, un verdadero ejemplo de lo que sucede en la desidia social, estatal y económica. Para serles honesto a mi parecer es una situación que tomará décadas en arreglar, mientras tanto todo será igual y hasta peor.

La realidad de la cuarentena se comenzaba a presentar en su forma más cruda frente a mi lente al recorrer Santa Ana y El Chorrillo.

Fue un reto como fotógrafo porque la oscuridad era mucha a pesar de estar en pleno día, parece que ni el sol quiere entrar allí. Lo cierto es que son humanos, son panameños y necesitan ayuda.

Terminé mi recorrido con más preguntas que respuestas, con dudas. Si lo que estaba viendo y fotografiando se podría publicar y cuál sería la reacción de las personas y fue así como hice mi primer recorrido por El Chorrillo y Santa Ana, pero no sería el último.

Ese día, en ese recorrido fui testigo de La Otra Cuarentena.

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