ROMA Internacionales -  24 de noviembre de 2014 - 08:49

Caos monumental: presión contra el alcalde de Roma

Hay cerdos buscando entre la basura que se acumula en un barrio trabajador. Los autobuses de la ciudad improvisan las rutas en calles atascadas con coches aparcados en triple fila. En los días de lluvia, los anegados sumideros hacen de cruzar la calle una tarea hercúlea.

Ignazio Marino prometió el año pasado llevar orden al caos de Roma cuando fue elegido alcalde por una enorme mayoría. Pero sus detractores señalan que el cirujano especializado en trasplantes de hígado ha sido una enfermedad, más que una cura, y le presionan para que dimita.

El mayor desafío al que se enfrentó Marino al asumir el cargo fue abordar la famosa congestión de tráfico romana. ¿Su principal estrategia? Prohibir los coches en el bulevar que rodea el foro de Roma para que los turistas paseen de forma más agradable, atascando aún más el centro de la ciudad. La prohibición enfureció a residentes y comerciantes, que vieron sus calles convertidas en cuellos de botella para el tráfico desviado.

Entonces Marino subió el precio de los parquímetros, una decisión impopular entre los romanos que han abandonado en masa el sistema de transportes público, que sufre frecuentes huelgas. Pero lo que de verdad envenenó los ánimos fue que tras aplicar su gran idea sobre los precios del aparcamiento, el propio Marino fue atrapado varias veces violando las normas de tráfico con su Fiat Panda rojo, y dejó que las multas se acumularan impagadas.

Los romanos de a pie sólo pueden conducir por el centro histórico con un permiso anual que cuesta cientos de euros. Marino condujo este verano su Fiat hasta el centro de Roma después de que su permiso caducase. Las multas, ocho en total, se acumularon, mientras Marino culpaba a asistentes descuidados de no renovar su permiso. El descontento sólo creció cuando un programa nacional de televisión grabó al Panda estacionado en una zona donde no estaba permitido cerca del Senado.

Incluso los miembros del Partido Democrático al que pertenece Marino han empezado a expresar su rechazo, temiendo que pueda dañar la imagen del primer ministro, Matteo Renzi, que lidera el partido. La oficina de Marino rechazó peticiones de entrevistas para esta historia.

"¡Dimita, dimita!", exclamaban hace poco los residentes cuando Marino intervino en una vista municipal sobre el escándalo del Panda.

Luchando por hacerse oír, Marino adoptó una pose desafiante, rechazó la "morbosa fijación con mi coche" y prometió que en lugar de dimitir, seguiría adelante para curar la ciudad tras "años de negligencia".

Marino reveló durante la ruidosa audiencia que al final pagó las multas, mostrando recibos de más de 1.000 euros (1.250 dólares) para demostrarlo. Pero al continuar los gritos del público, pasó a una actitud más arrepentida, disculpándose con los romanos y pidiéndoles: "Espero que dejen de pedir mi dimisión".

La gente no parece estar de ánimo conciliador. Un sondeo de opinión reveló que sólo el 20 por ciento de los romanos apoya a Marino. Y lo que quizá sea más bochornoso: quien encargó el sondeo fue el jefe del Partido Democrático local, que después publicó lo que se suponía eran datos para uso interno.

Para desesperación del alcalde, el caso del Panda ha hecho sombra a algunos avances reales. Este otoño inauguró varias estaciones de un proyecto de construcción de metro que llevaban años de retraso. También cerró un vertedero que los vecinos, preocupados por su salud, querían cerrar desde hacía tiempo. El vertedero pertenece a un empresario local con importantes conexiones políticas.