ICA ( AFP ) Depresión y angustia son los síntomas que mostró este domingo Jacinto Pariona, uno de los nueve mineros atrapados bajo tierra desde hace cuatro días en la mina Cabeza de Negro en el sur de Perú, quien clama por salir de su encierro al hablar a través de una manguera.
"¡Estamos deprimidos, por favor queremos salir!", susurra la voz temblorosa de Jacinto Pariona desde el fondo del socavón, donde se encuentra con sus otros ocho compañeros desde el jueves tras un derrumbe en esa mina informal mientras buscaban extraer cobre.
Su esposa, Nancy Fernández, contiene el llanto y trata de darle ánimos desde el otro lado de la manguera por la cual se comunican, mientras grupos de obreros hacen esfuerzos por limpiar los escombros que, en forma inclemente, caen e impiden el avance hacia los mineros atrapados.
"Mi esposo me ha dicho que tienen dolores de cabeza, mareos, dolores en los huesos, escalofríos, pero que no están heridos, nosotros queremos que se trabaje rápido", comentó este domingo la señora Nancy a la AFP luego de hablar con su esposo.
La comunicación fue breve por recomendación de los equipos de rescate, con el fin de no alterar psicológicamente a los mineros que están a unos 250 metros de la entrada principal del socavón, en un túnel horizontal.
"He tratado de darle ánimos, que tengan calma, que desde fuera se hace todo lo posible para sacarlos con vida", acotó Nancy.
Ella prepara los alimentos en una olla común junto a otros familiares de los mineros atrapados. Los alimentos, fundamentalmente sopa, se envían a través de la manguera, por la que además les llega a los mineros oxígeno y agua, y es su único contacto con el mundo exterior.
La mina, que fue abandonada por sus dueños hace unos 20 años es explotada por mineros artesanales de manera informal, sin contar con las adecuadas medidas de seguridad, y está ubicada en una quebrada rodeada de cerros pedregosos y áridos a 1.300 metros de altitud.
Grupos de trabajadores entran a la mina cada cuatro horas para tratar de despejar las piedras y tierra acumulada, el mayor obstáculo para los socorristas que intentan llegar hasta el lugar donde se encuentran los mineros.
Para poder entrar a la mina y extraer los escombros, los trabajadores se preparan mascando hojas de coca. "La coca nos da vigor para hacer frente a la fuerza de la montaña. Además, los cerros emanan gases y la coca nos defiende" de ellos, asegura Agustín Jurado mientras mastica una bola de hoja de coca.
A media mañana salió del socavón una brigada de trabajadores, dirigida por Felipe Monge, un viejo minero con más de 25 años trabajando en minas subterráneas.
"Yo soy enmaderador y lo que estamos haciendo es fijar cuadros de madera, es la única forma de poder avanzar, de lo contrario se producirían derrumbes. Acabo de colocar un cuadro", señaló Monge al salir de la mina.
A su lado, un grupo de mineros corta a punta de hachazos pilones de madera para reforzar las estructuras, mientras un pequeño vagón de minería sale repleto de escombros desde el interior del socavón.
Esta es la vida cotidiana del drama que progresa desde el jueves en Cabeza de Negro, donde la Semana Santa adquirió otra dimensión para sumir en la incertidumbre a nueve familias peruanas.



