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Afectados por inundaciones de Asunción asumen vida de refugiados de guerra

Las inundaciones y la escasa ayuda gubernamental han obligado a unos 70.000 vecinos de Asunción a asumir una vida de refugiados de guerra, hacinados en pobres chamizos y dependiendo de la ayuda humanitaria, además de vivir con la incertidumbre de no saber cuando volverán a sus casas.

Hace ya más de dos meses que unas 100.000 personas, una quinta parte de la población de Asunción, tuvo que abandonar a matacaballo sus casas y la mayoría de sus bienes por la crecida del río Paraguay, que se tragó calles enteras de los barrios más pobres, conocidos como Bañados por su cercanía al agua.

Atrás quedaban recuerdos familiares, animales domésticos y muchos de los electrodomésticos de uso diario que la mayoría de las personas desplazadas no pudieron sacar a tiempo debido a la escasa, y en algunos casos nula, asistencia estatal.

La falta de previsión del Estado, cuyos servicios meteorológicos ya anunciaban desde hacía meses que el fenómeno meteorológico El Niño haría crecer el río muy por encima de su nivel normal, empujó a unos 70.000 de esos evacuados a instalarse en paupérrimas casetas de madera a lo largo de avenidas y céntricas plazas, incluso frente al monumental Congreso Nacional.

A través de la Secretaría Nacional de Emergencia (SEN), el Gobierno paraguayo ha catalogado un centenar de lugares como "refugios temporales", cuando en realidad solo una decena de ellos, establecidos en cuarteles militares, tienen el apoyo logístico y humanitario que corresponde.

El resto de hileras de frágiles casetas, fabricadas por los desplazados, una población de escasos recursos económicos, se asoman lo más cerca posible de sus casas inundadas, su lugar de trabajo o del colegio al que acuden sus hijos.

"Hace ya tres meses que estamos acá a causa de la inundación. Nuestro barrio está lleno de basura y suciedad, barro y agua y ni nos ayudan a limpiar ni a intentar volver porque dicen que en marzo el río volverá a subir", dijo a Efe Ricardo Villalba, un albañil oriundo del Bañado Norte, uno de los céntricos lugares inundados.

Con cinco hijos, Villalba y su esposa viven en una caseta de madera de 4 metros de ancho por 6 de largo donde acumulan todos los enseres que pudieron salvar de la inundación.

Solo un tejado de chapa metálica les protege de las fuertes lluvias, habituales en esta época por el clima subtropical de Paraguay.

En dos camas consiguen apretujarse todos para dormir cada noche pese a las altas temperaturas del verano austral, mientras que los niños, de vacaciones, se entretienen con los programas de televisión.

Además son conscientes de que el futuro es incierto, ya que el Gobierno ha instado a los desplazados a no regresar a sus casas pese al descenso paulatino del nivel del río, ya que para marzo se espera que vuelva a crecer, esta vez dentro de su ciclo estacional.

"¿Y qué vamos a hacer? Tenemos que resistir, aguantar lo que podemos porque en marzo dicen que vuelve a subir y no sé ya ni cuanto tiempo tendremos que estar acá", declaró el obrero mientras esperaba recibir uno de los paquetes con herramientas y lonas que la Cruz Roja Paraguaya está repartiendo a algunos afectados.

Según Mabel Chávez, una de las líderes vecinales del barrio 3 de Mayo, cuyos habitantes se han desplazado en su totalidad a las puertas de una empresa azucarera, las condiciones sanitarias no son dignas porque faltan baños portátiles, sistema de recogida de basura o luz eléctrica.

"¿Pero dónde vamos a ir si somos todos pobres?", preguntó a Efe Chávez.

Según la portavoz vecinal esta subida del río, que el pasado diciembre alcanzó su pico máximo con casi 8 metros, frente a los 2 o 3 metros de altura normal, no se produce desde 1998, aunque aquella vez no afectó a tanta gente.

"Esta vez a todos nos echó, superó a todos, la gente que nunca salía esta vez tuvo que salir", expresó. "Aquí hay tres familias que vieron como su casa se derruía, como sus animales morían, siendo su único sustento. ¿Dónde van a ir ahora?.