DUBÁI Internacionales -  23 de abril 2020 - 08:16hs

El virus atrapa y enferma a inmigrantes en el Golfo Pérsico

La pandemia del coronavirus ha dejado a los trabajadores inmigrantes en los ricos estados petroleros del Golfo Pérsico atrapados, perdiendo empleos y dinero y desesperados por regresar a sus países de origen mientras el COVID-19 se cierne sobre sus campamentos de trabajo.

Ya sea en la isla de Bahrein, ocultos en los barrios industriales tras los rascacielos de Dubái o en ciudades saudíes alejadas de la costa, cada vez más trabajadores se han infectado del virus o se han visto obligados a hacer cuarentenas masivas. Muchos han sido despedidos o recibido licencia sin sueldo.

Emiratos Árabes Unidos incluso ha amenazado a los países de origen de los trabajadores que no les permitan regresar con imponer cuotas de trabajadores en el futuro, algo que pondría en peligro una fuente crucial de divisas para países del sureste asiático.

Trabajadores como Hunzullah Khalignoor, gerente de tecnologías de la información de Peshawar, Pakistán y que comparte un cuarto en Dubái con sus dos hermanos, solo quieren escapar.

Khalignoor dice haber suplicado cada día al consulado paquistaní que les envíe de vuelta a él y a uno de sus hermanos. “Nuestro trabajo ha desaparecido y tenemos que mudarnos”.

Es un destino cruel para los millones de inmigrantes que han dejado sus hogares, la mayoría en el sureste asiático. Han sacrificado años e hitos familiares para conseguir salarios mejores en el Golfo Pérsico.

Su trabajo es esencial para la región donde viven y para sus países de origen. Las remesas que envían son un sustento crucial para países como Afganistán, India, Nepal, Pakistán y Filipinas.

Unos 35 millones de personas trabajan en los seis estados del Golfo Pérsico: Bahrein, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, así como en Jordania y Líbano, según cifras de Naciones Unidas. Los extranjeros superan de lejos a los locales en los estados del Golfo Pérsico, y en algunos países son más del 80% de la población.

Los estados del Golfo Pérsico han aumentado las pruebas de coronavirus que hacen a residentes y ciudadanos. Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, dijo que cada día se hacen pruebas a 10.000 trabajadores en el distrito industrial de Abu Dhabi.

Muchos de estos inmigrantes tienen empleos de bajos salarios en las construcción, trabajando en un calor abrasador para convertir los desiertos de la región en ciudades llenas de autopistas, rascacielos, hoteles de lujo y centros comerciales forrados de mármol. Otros son limpiadores, conductores, camareros y otros trabajos que la población local suele rechazar. A menudo, las mujeres trabajan como niñeras o empleadas domésticas.

El virus supone un nuevo peligro, especialmente en sus alojamientos. Krishna Kumar, responsable del Kerala Social Center de Abu Dhabi, que lleva el nombre de un estado indio del que llegan muchos trabajadores, dijo que en algunos campamentos de trabajo de la región, hasta 10 personas comparten habitación.

En Bahrein y Qatar, cientos de trabajadores migrantes fueron puestos en cuarentena después de varios positivos de COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus. Arabia Saudí también señaló el riesgo de que el virus se extendiera por los alojamientos para trabajadores, un problema que ha golpeado también a Singapur.

Los países del Golfo han aprobado periodos de amnistía para los trabajadores que vean expirar sus visas y permisos de residencia durante la pandemia. Varios han ordenado a las empresas que proporcionen comida y alojamiento a los trabajadores inmigrantes despedidos, aunque hace décadas que estos trabajadores son vulnerables a los abusos. Algunos países también han prometido atención sanitaria gratis a cualquier caso confirmado del virus, sin importar su ciudadanía.

Sin embargo, el acceso a la sanidad sigue siendo un problema. En el vecindario industrial de Al Quoz, en Dubái, un periodista de Associated Press vio hace poco a más de 20 personas que temían haberse contagiado, y que pasaron horas bajo la lluvia ante una clínica privada esperando a ser atendidas.

En un comunicado a AP, sin embargo, la firma propietaria de la clínica, Aster DM Healthcare, dijo que no había “observado ninguna fila sin precedentes en ninguna de nuestras clínicas” y añadió que seguía “todas las medidas de distanciamiento social”.

En el barrio Naif de Dubái, donde está el famoso Zoco de Oro, un hombre que se identificó como Bilal dijo a AP que sus compañeros y él se habían quedado atrapados en su edificio de oficinas porque la policía había acordonado la zona sin advertencia cuando entró en vigor un toque de queda de varias semanas. Dubái ha introducido después una cuarentena de 24 horas en toda la ciudad.

Qatar, anfitriona del Mundial de Fútbol de 2022, acordonó partes de su zona industrial para impedir la expansión del virus. Eso dejó a un número no revelado de trabajadores dependiendo de alimentos y productos básicos distribuidos por el gobierno.

El gobierno de Qatar dijo a AP en un comunicado que cualquier trabajador en cuarentena o enfermo seguiría recibiendo todo su salario.

En todo el Golfo Pérsico se ha designado la construcción como actividad esencial, y el sector ha seguido trabajando pese a los toques de queda y restricciones. No está claro que los trabajadores puedan mantener el distanciamiento social en autobuses, obras y alojamientos, señaló May Romanos, investigadora de Amnistía Internacional.

Amnistía criticó hace poco a Qatar por deportar a trabajadores migrantes que pensaban que les iban a hacer la prueba del virus, despojándoles del salario adeudado y de sus compensaciones por final de servicio. Qatar alegó que los trabajadores estaban fabricando y vendiendo sustancias prohibidas, algo que los hombres negaron cuando hablaron con AI.

Los que intentan volver a casa encuentran que gran parte de los vuelos siguen suspendidos en toda la región. Algunos países se niegan a aceptar a los regresados, preocupados por controlar sus propios brotes.

Mientras tanto, las ambulancias pasan con frecuencia por el barrio de Al Quoz. Chukwuma Samuel, de Nnewi, Nigeria, miraba nervioso a una ambulancia detenida cerca de su casa. Samuel perdió su empleo como asistente de cocina, pero aún no quería marcharse porque lo vendió todo por la oportunidad de trabajar en Dubái.

“Sinceramente, no estamos a salvo”, dijo mientras miraba a un tripulante de la ambulancia vestido con ropa de protección. “Solo tenemos a Dios”.