En una región donde la vida suele girar en torno a familias numerosas, comidas comunitarias y normas tribales, mantener la distancia social puede ser complicado

AP

Bajo el letrero “Solo para llevar” y con una botella grande de antiséptico a su lado, Mazin Hashim, de 54 años, recolocó los trozos de carbón que calentaban una pipa de agua en el exterior de su conocido café en Bagdad.

Colocó el cartel para cumplir con las recientes restricciones del gobierno al movimiento y las reuniones que buscan frenar el brote del nuevo coronavirus. Una vez dentro, sin embargo, densas columnas de un humo blanco y oloroso invaden el aire mientras más de una docena de jóvenes pasan las horas desafiando las directivas.

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A medida que la pandemia sigue expandiéndose, los gobiernos de Oriente Medio tomaron medidas drásticas contra las preciadas tradiciones de la región: no más bodas y celebraciones masivas; restricciones a la venta de qat, una planta con un leve efecto narcótico que se masca en grupos en Yemen; no más tardes entre amigos en las tradicionales cafeterías de la región y, lo más importante, prohibido fumar la adorada shisha, o pipa de agua, en lugares públicos.

En una región donde la vida suele girar en torno a familias numerosas, comidas comunitarias y normas tribales, mantener la distancia social puede ser complicado.

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En Irak, llamadas de clarín dos veces al día recuerdan a la población que respeten el veto a las reuniones públicas. Pero esto ha tenido poco impacto en el negocio de Hashim, una segunda casa para Mustafa Ahmed, de 29 años, que va a diario para encontrarse con sus amigos y distraerse de la monotonía de la vida doméstica.

Ni siquiera en el apogeo de las guerras sectarias del país pasó siete días seguidos en casa. En su lugar, él y sus amigos fumaban shisha en el café de Hashim.

"Para nosotros es normal venir aquí en tiempos de crisis", señaló Ahmed. “La única diferencia es que esta vez nos estamos escondiendo de la policía”.

Los consejos de seguridad que intercambian muchos en Irak suelen contrastar con los llamados globales de expertos para evitar el contacto físico y mantenerse a una distancia de seguridad de los demás.

El venerado gran ayatolá de Irak, Ali al-Sistani, cuya opinión es respetada por muchos, dijo que era necesario evitar los apretones de manos, los abrazos y los besos excepto cuando se tomen las “precauciones necesarias”, incluyendo esterilización, mascarillas y guantes.

Pero Hashim reconoció que sus allegados suelen ignorar hasta estas advertencias. En Irak, la costumbre es dar un beso en cada mejilla. Este es el motivo por el que tiene el bote de antiséptico cerca.

“Cada vez que alguien me saluda, rápidamente me limpio las manos y la cara”, contó.

Al final de la calle de Hashim, Tony Paulis, de 60 años, dijo que trató de promover el distanciamiento social con un cartel en el exterior de su barbería. Tiene una “X” sobre una imagen de dos hombres acercándose para saludarse y un aviso: “Por favor, limítense a apretones de manos y no se besen dada la difícil situación actual”.

Pero el intento fue inútil. “Los iraquíes no tienen miedo al coronavirus, pero deberían tenerlo”, manifestó.

Al menos 40 personas murieron e Irak por COVID-19, la enfermedad provocada por el virus, que causa síntomas leves y moderados en la mayoría de los contagiados pero puede derivar en patologías más graves, como la neumonía o incluso la muerte, en personas mayores y gente con enfermedades previas.

Saliendo de un supermercado del barrio de Karrada de la capital iraquí, con un kilo (dos libras) de naranjas, Najm Abdullah Saad, de 70 años, dijo que el toque de queda estaba causando estragos en su vida marital.

“Salir a fumar shisha cada noche era mi vía de escape”, dijo.

Pero fumar no es el único pasatiempo público que se ha visto afectado por el coronavirus.

En Yemen, que lleva cinco años en guerra civil, mascar qat es una actividad diaria que congrega a grupos para compartir chismes y debatir.

Las autoridades de la ciudad sureña de Aden prohibieron los mercados de qat para evitar la propagación de la pandemia. Pero los vendedores han encontrado formas de seguir con su negocio, ya sea con la ayuda de las facciones armadas que controlan la ciudad o bien en las afueras.

En el norte, controlado por los rebeldes hutíes, las autoridades dijeron que planean trasladar los atestados mercados de qat al aire libre y prohibir las reuniones de más de ocho personas.

Aplicar estas restricciones será complicado ya que el país tiene concurridos mercados en casi cada ciudad y pueblo. Alrededor del mediodía, cerca del 90% de los hombres yemeníes acuden a ellos para comprar qat, según el vocero del Ministerio de Salud hutí, Youssef al-Hadhri. Los mercados seguirán abiertos ya se solo se llenan durante un par de horas al día, agregó.

“Esto no es peligroso”, insistió a pesar del creciente temor al devastador efecto que tendría un brote de coronavirus en el país más pobre del mundo árabe.

En Líbano, la ciudad portuaria de Sidon, al sur de la capital, Beirut, está prácticamente desierta. Solía estar atestada de gente que acudía a sus tradicionales cafés, donde los hombres mayores se reunían para fumar cigarrillos y jugar a las cartas y al backgammon. Pero estos locales cerraron cuando el gobierno decretó una cuarentena la semana pasada.

Qassem Bdeir, un pescador, se reunía con un grupo de amigos cerca de una parte escondida del puerto, donde discutían la situación sentados a un metro de distancia.

“Solíamos reunirnos en una cafetería después de un día de trabajo para hablar y jugar a las cartas. Ahora no hay trabajo, y robamos estos pocos momentos para hablar y compadecernos por tener que estar separados antes de ir a casa a encerrarnos”, dijo.

El coronavirus también ha alterados los planes para las bodas, que suelen ser acontecimiento extravagantes con cientos de invitados.

En Beirut, Bassam Makki, de 42 años y propietario de una joyería, ultimaba los preparativos de su boda cuando comenzó la pandemia. Él y su prometida habían pedido un préstamo y planeaban una celebración para 130 personas en un hotel de cuatro estrellas en Beirut. La fiesta, prevista para el 10 de abril, ha sido cancelada.

“Supongo que no estaba destinado a pasar”, dijo intentando sonreír.

Pero otros han seguido adelante con las bodas.

Rawan Mohammed encontró una finca libre en una zona agrícola a las afueras de la ciudad iraquí de Dohuk para su enlace luego de que el gobierno regional del Kurdistán cerró los salones de boda como medida preventiva.

“En principio les dijimos a todos que pueden venir a felicitarnos y a tomarse fotos, pero sin apretones de manos o abrazos”, apuntó.

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