Netanyahu ha sido muy criticado por su manejo de la pandemia y tal vez nadie esté más molesto que los sectores ultraortodoxos, o jaredíes

AP

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu tiene una relación simbiótica con los ultraortodoxos, a los que concede generosos subsidios y permite que mantengan su estilo de vida insular a cambio de un apoyo que le ha permitido ser el gobernante que más tiempo ha estado en el cargo.

Ahora, en medio de la pandemia del coronavirus, Netanyahu enfrenta una dura disyuntiva: Cómo contener el virus sin molestar a los ultraortodoxos.

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Netanyahu ha sido muy criticado por su manejo de la pandemia y tal vez nadie esté más molesto que los sectores ultraortodoxos, o jaredíes, que quieren usar su peso político para combatir lo que perciben como restricciones discriminatorias.

“Los jaredíes no olvidarán la injusticia que se comete contra ellos”, dijo un grupo de alcaldes de ciudades y pueblos ultraortodoxos en una carta enviada a Netanyahu la semana pasada. “Las decisiones que ha tomado una y otra vez, fueron tomadas sin ninguna lógica ni beneficio para la salud, y estuvieron dirigidas claramente a los jaredíes. Lo consideramos el único responsable de estas medidas punitivas”.

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Israel impuso esta semana nuevas restricciones en unas 40 ciudades y localidades con brotes alarmantes. Toques de queda de noche, estrictos límites a las reuniones y el cierre de escuelas. Las restricciones afectan mayormente a los ultraortodoxos y a las comunidades árabes, que también fueron muy golpeadas por el virus en las últimas semanas.

Estas medidas eran esperadas ya que las pidió el zar de la lucha contra el virus Ronni Gamzu. Pero la intensa presión de los políticos ultraortodoxos y la dura carta de los alcaldes hicieron que Netanyahu transase. Varios expertos coinciden en que esto no contendrá los nuevos brotes.

En un video dirigido a los ultraortodoxos, Netanyahu trató de aliviar el malestar causado por estas tímidas medidas.

“Saben lo mucho que me importan el estudio del Torá y las plegarias. Son cosas tan importantes para mí como para ustedes. Debemos tomar medidas para prevenir la propagación de esta morbosidad”, dijo el gobernante.

Algunos políticos ultraortodoxos pedían un confinamiento de todo el país. Gamzu dijo que optaron por medidas enfocadas en las localidades y barrios más golpeados, lo que no cayó bien entre los ultraortodoxos.

Netanyahu dice que un confinamiento general sigue siendo una opción. Pero que imponerlo después de suavizar las restricciones a los ultraortodoxos sería visto como una rendición a ese sector.

“Netanyahu ha demostrado que sabe transar, pero esta vez es un tema de vida y muerte”, escribió el analista político Yossi Verter en el diario Haaretz. “Por mezquinas cuestiones políticas Israel puede sufrir un castigo colectivo desproporcionado”.

No se ha tomado una decisión en relación con los feriados de Rosh Hashana y Yon Kippur que empiezan la semana que viene. Durante estos feriados hay siempre grandes reuniones familiares y se llenan las sinagogas, lo que puede provocar una ola de contagios.

Las autoridades sopesan la posibilidad de un confinamiento nacional, como durante la Pascua Judía de abril. Pero esto podría irritar a muchos israelíes y expertos en la salud dicen que un confinamiento corto no es efectivo.

Tampoco está resuelto el tema del peregrinaje anual a la tumba de un rabino muy querido. Decenas de miles de personas se dirigen a la ciudad ucraniana de Uman en el Año Nuevo Judío para rezar y participar en festividades. Gamzu trató de impedir los viajes y Ucrania cerró su frontera en la antesala del evento.

Líderes religiosos dicen que sus comunidades están siendo castigadas injustamente y Netanyahu designó un alto miembro de su gabinete para que trate de buscar una salida que permita que al menos algunas personas hagan el peregrinaje.

Israel parecía haber contenido el virus al cerrar sus fronteras e imponer severas restricciones. Pero dispuso una reanudación de actividades abrupta que ha sido muy cuestionada y despejó el camino para una cantidad récord de contagios. El país tiene hoy uno de los peores brotes del mundo, en relación con su población.

Y las tasas de infección entre los ultraortodoxos han sido desproporcionadamente altas. Ello se debe a que tienden a vivir en barrios pobres, superpoblados, en los que las enfermedades se propagan rápidamente. Las sinagogas, el centro de la vida social, congregan a muchos hombres en espacios reducidos. La falta de acceso a la internet dificulta la educación pública.

A pesar de las restricciones que impuso el gobierno, las playas y los centros comerciales se llenan de gente y los ultraortodoxos dicen que las últimas medidas los discriminan.

“Ven todo esto y dicen, ‘nos atormentan porque somos jaredíes’”, expresó Ari Kalman, corresponsal del servicio noticioso ultraortodoxo Behadrei Haredim. “Hacen que perdamos la confianza”.

Los sectores seculares ven las cosas de otro modo. Observan enfurecidos lo que perciben como un trato especial a esa comunidad. Las familias de algunos rabinos prominentes han realizado bodas con mucha gente sin distanciamiento social y con pocos tapabocas. Los subsidios para aliviar las penurias causadas por el coronavirus fueron ampliados para abarcar a grandes familias ultraortodoxas y se permitió el ingreso de miles de seminaristas del exterior a pesar del cierre de fronteras.

Shuki Friedman, experto en las relaciones entre religiosos y seculares del Instituto por la Democracia de Israel, dijo que el coronavirus ha hecho que muchos ultraortodoxos se sientan acosados y podría provocar un retroceso en los progresos logrados en los últimos años en la incorporación de esa comunidad a la sociedad israelí, algo que los economistas dicen es vital para el país.

“Si los jaredíes se encierran más todavía, eso es malo para la sociedad israelí”, manifestó Friedman.

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