Madrid Internacionales -  12 de junio de 2013 - 14:45

Verdugos y condenados, reunidos contra la pena de muerte en Madrid

MADRID (AFP). "He ejecutado a 62 personas", dice con voz temblorosa Jerry Givens, exverdugo de Estados Unidos. "¿Era alguno de ellos inocente?", se pregunta este hombre habituado a la silla eléctrica y la inyección letal que ahora milita contra la pena de muerte.

Entre 1974 y 1999 " fui oficial correccional y además verdugo ", en la Prisión Estatal de Virginia y en el Centro Correccional de Greenville, en el este del país, explica Givens a la AFP al margen del 5º Congreso Mundial contra la pena de muerte que comenzó este miércoles en Madrid.

Emocionalmente " era como una montaña rusa, arriba y abajo, porque como oficial correccional salvaba vidas, preparando a presos para regresar a la sociedad, y como verdugo quitaba vidas ", dice este hombre de 60 años y blanca barba, que contrasta con la oscuridad de su piel.

" Te ponemos un casco sobre la cabeza y mandamos 3.000 voltios a tu cuerpo, es repugnante ", afirma el exverdugo, que ejecutó a 37 personas en la silla eléctrica y a 25 por inyección letal.

Recibía a los condenados bajo su custodia 15 días antes de la ejecución, recuerda, y a menudo " hablaba con ellos para estar seguro de que estaban preparados ".

Sin embargo, en aquella época " no me sentía responsable de que aquel tipo estuviese allí ", reconoce. " Lo achacaba al juez, al jurado, a su familia, a él mismo, yo no cargaba con todo el peso ", afirma, admitiendo haber pensado que los condenados por crímenes atroces " no merecían vivir ".

Pero en 1999 se vio él mismo sentado ante la justicia, que lo condenó, injustamente asegura, por lavado de dinero. Fue una señal de Dios, afirma.

" Entonces me pregunté: ¿fueron algunas de esas 62 personas tratadas injustamente como yo? ¿era alguno inocente? ", explica.

" En mi país estás destinado a tener un juicio injusto si no tienes mucho dinero ", lamentaba después en rueda de prensa en la apertura del Congreso, que reúne hasta el sábado en Madrid a personalidades políticas, expertos y excondenados como el marroquí Ahmed Haou o la iraní Marina Nemat.

Jerry "se da cuenta ahora de que lo que hizo fue un gran error ", dice junto a él, visiblemente emocionada, la también estadounidense Tanya Ibar, esposa de Pablo Ibar, un español de 40 años que espera en un corredor de la muerte en Florida.

El sueño de esta mujer es poder abrazar a su marido, condenado en 2000 por un triple asesinato que él niega haber cometido, "sin la presencia de un guardia o sin que alguien me diga que no puedo, que tengo que parar ", dice con lágrimas en los ojos.

" La idea de que alguien pueda matar a mi marido es algo para lo que no tengo palabras ", afirma esta mujer, que vive un calvario desde que su esposo fue detenido en 1994.

Si tras su ejecución se demuestra la inocencia de Pablo, "¿Quién devuelve mi marido a la vida? Nadie", afirma.

" En mis visitas al corredor de la muerte veo a muchos hombres que cometieron crímenes horribles, pero la gente no se da cuenta de que ese hombre fue probablemente una víctima antes, maltratado cuando era un niño, apaleado ", defiende Tanya.

Esa misma compasión brota de la mirada triste de Soad El Khammal, una marroquí que perdió a su esposo y a su hijo en un atentado en Casablanca en 2003 y que aún así milita contra la pena de muerte.

" En el momento del atentado, si hubiese tenido la posibilidad de matar a las personas que habían quitado la vida a mi marido y a mi hijo, que habían destruido mi vida, los habría matado con mis propias manos ", asegura.

Sin embargo, " unos años más tarde me reconcilié conmigo misma y volví a mis principios ", dice Soad, recordando que tanto ella como su esposo, abogado, siempre estuvieron contra la pena de muerte. No siente, asegura, una sed de venganza.

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