La administración del presidente Donald Trump anunció el cierre oficial de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), como parte de un cambio estructural profundo en la política exterior estadounidense. A partir del 1 de julio, los programas de asistencia exterior serán transferidos al Departamento de Estado, bajo un nuevo modelo que prioriza los intereses nacionales estadounidenses, el comercio sobre la ayuda, y la eficiencia estratégica.
Según el comunicado, la USAID ha fallado durante décadas en cumplir con sus objetivos fundamentales: promover el desarrollo sostenible, mejorar la percepción global de EE. UU. y consolidar la influencia geopolítica del país. En su lugar, se acusa a la agencia de haber alimentado un “complejo industrial de ONG” que operaba con presupuestos millonarios y poco control, sin resultados sostenibles.
Estados Unidos prioriza el programa "América Primero"
La administración asegura que los nuevos programas estarán alineados con la política “América Primero”, y que el modelo caritativo será reemplazado por uno centrado en inversión, comercio bilateral y colaboración sostenible, en beneficio tanto de Estados Unidos como de sus países socios.
Entre los argumentos presentados:
- En África subsahariana, países que recibieron más de $165 mil millones desde 1991 votaron con EE. UU. solo el 29% de las veces en la ONU.
- En Medio Oriente y el norte de África, EE. UU. tiene niveles de aprobación más bajos que China, a pesar de inversiones superiores a los $89 mil millones.
- En Gaza y Cisjordania, $9,300 millones en ayuda terminaron, según el documento, beneficiando a grupos vinculados a Hamás.
El nuevo enfoque pretende limitar la asistencia en tiempo y forma, centrándose en:
- Países con voluntad y capacidad de autosuficiencia.
- Proyectos con impacto medible y efecto multiplicador.
- Sustitución progresiva de ayuda por inversión privada y alianzas estratégicas.
Avances en la administración Trump
Se destacan avances ya en marcha, como la consolidación de cuentas de asignaciones, reducción de burocracia, financiamiento compartido con la ONU y países aliados, y empoderamiento de embajadas mediante oficinas regionales más ágiles.
Este cambio, argumentan, coloca a EE. UU. en mejor posición para contrarrestar el modelo de ayuda geopolítica de China, y para impulsar sus propios intereses estratégicos en regiones clave.